OBSOLESCENCIA

Un documental sobre chatarra visual y las personas que trabajan con ella.

SOBRE LOS OBJETOS

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La biografía de los objetos
Jorge Luis Méndez Martínez

Deseo empezar este breve comentario o reflexión personal con lo que, a primera vista, parecen dos posturas encontradas sobre los objetos o las cosas (no haré aquí, por cierto, distinciones entre estos dos nombres). La primera posición está en La Náusea de Jean Paul Sartre, cuando su protagonista, Antoine Roquentin, piensa lo siguiente:

Los objetos no deberían tocar, puesto que no viven. Uno los usa, los pone en su sitio, vive entre ellos; son útiles, nada más. Y a mí me tocan; es insoportable. Tengo miedo de entrar en contacto con ellos como si fueran animales vivos. Ahora veo; recuerdo mejor lo que sentí el otro día, a la orilla del mar, cuando tenía el guijarro. Era una especie de repugnancia dulzona. ¡Qué desagradable era! Y procedía del guijarro estoy seguro; pasaba del guijarro a mis manos. Sí es eso, es eso; una especie de náusea en las manos.

Pero no es sólo esta Náusea la que exudan los objetos reificados de un anima extraña; también evocan la memoria. Ése es el caso de Orhan Pamuk, autor turco y premio nobel de literatura, quien, con una particular inspiración proustiana, detalla lo siguiente en su opus magnum, El Museo de la Inocencia:

Los objetos, todos esos saleros, perritos de porcelana, dedales, bolígrafos, prendedores y ceniceros, se esparcían por el mundo emigrando en silencio exactamente como las bandadas de cigüeñas que pasan dos veces al año por encima de Estambul. […] Este salero que estuvo durante dos años en la mesa de los Keskin fue fabricado en algún taller de Estambul y lo vi también en remotos restaurantes de la ciudad, pero asimismo lo vi en un restaurante musulmán de Nueva Delhi, en una casa de comidas de los barrios viejos de El Cairo, sobre las lonas que extienden en las aceras los chamarileros los domingos en Barcelona y en una tienda vulgar de utensilios de cocina en Roma. Es evidente que alguien fabricó este salero en algún sitio; siguiendo el mismo modelo, en distintos países se sacaron muchos otros a la venta, utilizando materiales parecidos; y a lo largo de los años a partir del Mediterráneo sur y los Balcanes millones de familias usaron en su vida cotidiana millones de copias del mismo salero. Cómo se había esparcido este salero por rincones del mundo tan alejados entre sí era un enigma, exactamente igual que el cómo se comunican entre ellas las aves migratorias y cómo es posible que siempre sigan la misma ruta. Luego llegaba otra oleada de saleros que ocupaba el lugar de los antiguos, al igual que el viento del sudoeste que golpea las costas deja en ellas muchos objetos llevándose los viejos y trayendo otros nuevos, y la mayor parte de la gente olvidaba aquellos útiles con los que se habían pasado una parte importante de la vida sin ni siquiera darse cuenta de las relaciones sentimentales que habían establecido con ellos.

Pasando de la ciudad imaginaria de Bouville de La Náusea a Estambul o el escenario mediterráneo que describe Pamuk al hablar de las migraciones de los objetos, el documental de Hugo Chávez nos describe un hábitat muy distinto, pero también permisible para la vida de los objetos, la Ciudad de México.

Acostumbrados a ver en los televisores y las cámaras no otra cosa que una mediación técnico-tecnológica o un enser que tiene, por así decirlo, los días contados, no solemos ver en ellos más que una fase de toda su trayectoria, un lapso de su periodo de vida. Algunos autores, sobre todo antropólogos, nos hablan por ejemplo de “biografía cultural de los objetos” o “historia de vida de los objetos”. Y así como de las personas se puede hablar de infancia, adolescencia, juventud, con las cosas, sobre todo en las sociedades contemporáneas, nos fijamos en un etapa de la vida de los objetos que es muy específica: su etapa de vida de consumo.

Poco es lo que reparamos sobre lo que hay detrás del consumo de los objetos y no me refiero sólo a su manufactura, sino a qué sucede cuando estos objetos “mueren”, cuando se han vuelto obsoletos. En ese sentido, una de las virtudes de Obscolecencia reside en expandir la narrativa hacia lo que algunos no sería más que un epílogo de los objetos muertos. Si volvemos a esa analogía de las cosas con las personas, y discúlpese si es de carácter mórbido, casi es como si nos contaran la historia los hospitales y funerarias.

Con todo, afortunadamente, no es sólo morbo lo que vemos ni hablamos de un matadero de objetos, televisores y cámaras. Es más, no lo es en lo absoluto, puesto que al abrir este inusual capítulo en la biografía de los objetos, se nos muestra toda la vida social que se anuda en torno a estos objetos obsoletos entre electrónicas, mercados, tiraderos y reciclajes. Y no sólo eso sino que cada objeto, cada televisor, cada cámara, engendra en sus piezas a un objeto nuevo, cada uno de ellos con una biografía distinta.

De esa manera, también vemos la vida social de estas personas, protagonistas de esa vida del objeto que es cuando acaba su consumo aparente. Cosa rara lo que deviene, pues, de la obsolescencia, que hasta un documental puede hacerse de donde se creía que ya no había más vida. Y es aquí donde, como lo muestra de alguna manera Obsolescencia, hay que cuidarnos justamente de esa analogía falsa entre la vida de un objeto y de su funcionalidad como aspecto técnico. Si alguna lección podemos extraer de aquí, o si quieren ustedes de referentes teóricos como Baudrillard, es que la vida de consumo de un objeto y su valor como objeto de consumo tienen que ver con algo muy distinto que la funcionalidad, hay, en realidad, un valor simbólico que, de un lado, viene dado por una construcción social como la distinción de clase, la novedad de los gadgets o, dicho sea sumariamente, “estar a la moda”.

Es en ese sentido que el tiempo es implacable, pues a diferencia de los objetos rituales, donde su biografía transcurre en un ritmo muy distinto, con los objetos de consumo a la usanza de los televisores, las cámaras (o peor aún en los periódicos, que es lo que y he estudiado, con caducidad de 24 horas), la obsolescencia los acecha desde que existen. ¿Pero pueden los televisores, por ejemplo, ser otra cosa? De hecho, sí pueden, pero quizás para ello habría que remitirnos a referentes culturales lejanos del nuestro. Un buen ejemplo es el de los muria, pueblo de la India con el que trabajó el antropólogo Alfred Gell, al enterarse que al circular por ahí los televisores inutilizables, “obsoletos”, provenientes de los centros urbanos, los convertían en objetos rituales.

Quiero terminar con una idea de Jorge Luis Borges, quien en su ensayo titulado “El libro”, sostiene que así como el arado y la espada son una extensión del brazo; el teléfono, una extensión de la voz; el microscopio y el telescopio, una extensión de la vista; el libro, una extensión de la memoria y la imaginación. De mantener esta idea, las cámaras y las televisiones, aún cuando ya han entrado a ese limbo de la obsolescencia, son una mezcla entre las extensiones de la vista y la imaginación. No ver esto es asentir con una suerte de ceguera, razón por la cual el documental de Hugo Chávez Carvajal nos abre los ojos.